sábado, 24 de noviembre de 2007

La Dama del Otoño

Yo tenía 14 años cuando sucedió. Me encontraba sola en aquella sencilla cabaña, donde pasaba las noches con mis padres desde que nos mudamos. Me hallaba sentada en una silla de madera, contemplando cómo las gotas de lluvia golpeaban con ímpetu el cristal de la ventana, donde tenía apoyada la cabeza. A unos 30 metros de la cabaña podía comprobar cómo las hojas de los árboles del bosque, parecían danzar bajo la lluvia al caer. Cerré los ojos y suspiré, y fue entonces cuando comencé a oír algo, una dulce melodía, cada vez más audible... Podría ser el sonido de un violín, pensé, y decidí abrir los ojos. De repente la música cesó. “Pero... ¿De donde provenía aquel sonido?” Sacudí la cabeza pensando que quizás no eran más que imaginaciones mías, e hice ademán de levantarme, mas algo me lo impidió, no podía moverme. ¿Qué me ocurría? Asustada, hice todo lo posible por moverme, pero ni siquiera pude gritar... Entonces, mis manos, haciendo caso omiso a mis deseos, se apoyaron en el cristal. Yo no tenía más opción que mirar a través de la ventana... Y fue entonces cuando la vi. Una joven de unos 24 años aproximadamente, de cabello largo y rizado, de un color castaño rojizo, y tez clara, se hallaba tocando un violín, entre los árboles del bosque. De repente sentí el deseo de salir de la cabaña y verla de cerca... Para mi sorpresa, podía moverme, así que fui corriendo a la puerta y la abrí. Ella dejó de tocar el violín y pude distinguir cómo una sonrisa se dibujaba en sus carnosos labios. Y abrió los ojos, sentí que se me cortaba la respiración, me miró... Y luego me dio la espalda, adentrándose en el bosque. Yo no debía seguirla, lo sabía, pero la curiosidad era tal que no pude oponerme al deseo de seguirla... Y a pesar de la fuerte lluvia, salí. Ella caminaba con elegancia y lentitud, y yo la seguía a pocos metros. Creo que pasaron 20 minutos caminando tras ella cuando se detuvo ante un montículo de hojas secas. Se volvió hacia mí, tenía unos ojos verdes preciosos, y señaló el montículo con una de sus delicadas manos... Y de nuevo no pude moverme, los miembros de mi cuerpo actuaban solos. Caminé, en contra de mi voluntad, hacia donde ella señalaba, y comencé a echar las hojas a un lado y a otro, con las manos. Ya había amainado, pero las nubes teñían el cielo de un color gris, aún. Continué quitando hojas mientras ella me observaba, hasta que di con algo duro y frío... De repente, algo me empujó hacia atrás, haciéndome caer al suelo. Confusa, alcé la mirada y la vi quitando las hojas restantes, yo ya podía moverme, y al parecer, pensar de manera más razonable: ¿Qué hago aquí? ¿Quién es ella? ¿Qué es esto?... Ella se volvió hacia mí, llevándose el dedo índice a sus labios, y se apartó, dejando ver una piedra, algo parecido a una lápida... Entre las hojas secas. Confundida, me acerqué gateando, y pude leer... ¡Mi nombre!

Oscuridad. Desperté, en mitad de una noche de lluvia y tormenta. Me hallaba en mi habitación, en mi cama. Debido a la reciente mudanza, aún estaban mis “posesiones” en cajas, en una de las esquinas del dormitorio; en el centro, se ubicaba mi cama, un colchón sobre una tabla de madera en el suelo, en el cual me encontraba yo, sentada. Sacudí mi cabeza: “Vaya, solo fue un sueño”, me puse en pie, el camisón se me pegaba al cuerpo a medida que avanzaba hacia la cocina a por un vaso de leche. Tras bebérmelo, me dirigí al cuarto de baño, y antes de lavarme la cara contemplé mi rostro cansado, con el pelo castaño y largo alborotado, cayéndome por los hombros. Tenía los ojos hinchados. Abrí el grifo, y me lavé la cara con agua fría, y tras secármela, volví la mirada al espejo, mas no vi mi reflejo. Me eché hacia atrás, asustada. ¡No era yo, sino la dama del bosque la que imitaba mis movimientos en el espejo! Se fue la luz, y el reflejo se desvaneció. Quise gritar y no pude, y de nuevo comencé a oír el sonido del violín. A medida que se hacía más audible la melodía, la intranquilidad y miedo que sentía fue sustituida por un sentimiento de calma. Comencé a caminar, descalza, hacia la puerta que daba al exterior, no por voluntad propia, mas no puse resistencia, algo me lo impedía. Abrí la puerta, la dama no se hallaba entre los árboles como la otra vez, pero continué caminando, adentrándome en la espesura del bosque. La lluvia golpeaba con fuerza mi rostro al caer. No sé durante cuánto tiempo estuve andando. Tenía frío y tiritaba, estaba cansada... Entonces la vi, sentada sobre un banco de piedra, tocando el violín. A pesar de mi estado y el ambiente, ella estaba impecable, vestía con un largo vestido morado, en cuya parte superior llevaba una especie de coraza o corsé negro, muy ceñido al cuerpo; el cabello castaño rojizo le caía a ambos lados del rostro. Cuando me hallaba tan sólo a unos centímetros de ella, se detuvo la melodía, abrió los ojos y me sonrió, invitándome a sentarme junto a ella. Lo hice sin dejar de mirarla, me ofreció el violín, el cual acepté y comencé a tocar. Mientras ella me observaba, mi mente era presa de un torbellino de pensamientos “¿Desde cuando se tocar el violín? ¿Qué hago aquí? ¿Es esto real? Y ella... ¿Quién es ella?”. La miré sin dejar de tocar con el instrumento la melodía que anteriormente había oído de aquella dama, quien sonriendo, habló. Su voz era dulce y cautivadora, al igual que su estampa: “Ha llegado la hora de que ocupes por fin mi lugar, tuve que esperar 247 años... Mas ya podré descansar en paz.”

Esto es lo único que logro recordar de aquella dama, han pasado ya 98 años y sigo aparentando mis 14. Duermo, ausente del mundo que me rodea, junto a la lápida que ella me mostró, y despierto durante un periodo del año, para dirigirme al banco donde oí su voz por primera vez y tocar la melodía que me enseñó... Los pocos que han conseguido verme, cuentan historias y leyendas en las cuales me hacen llamar “La Dama del Otoño”.

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